Más de 15 millones de animales registrados: las ciudades también deben pensarse desde la responsabilidad animal

España supera los 15 millones de animales de compañía registrados. Este dato confirma una realidad social cada vez más evidente: la convivencia entre humanos y no humanos debe incorporarse a las agendas, planes y presupuestos municipales como parte de una gestión pública moderna, ética y preventiva.

España cuenta ya con más de 15 millones de animales de compañía registrados. Según el avance de la primera Estadística Nacional de Protección Animal, impulsada por el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, en nuestro país hay 15.171.569 animales de compañía inscritos en los registros autonómicos, una cifra que ha crecido alrededor de un 14 % desde 2021.

Este dato, por sí solo, ya debería hacernos pensar. Pero todavía adquiere más importancia si tenemos en cuenta que hablamos únicamente de animales registrados. Es decir, de animales identificados e inscritos en los registros correspondientes. Sabemos que en España sigue existiendo un incumplimiento importante de la obligación de identificar con microchip a perros y gatos, especialmente en el caso de los gatos, por lo que la realidad puede ser mucho más amplia que la que muestran los registros oficiales.

Por tanto, cuando hablamos de más de 15 millones de animales registrados, no estamos hablando solo de una cifra administrativa. Estamos hablando de una realidad social que se intensifica, se consolida y transforma la forma en que vivimos, habitamos y organizamos nuestras ciudades y municipios.

Y ante estos datos surge una pregunta profunda: ¿qué tipo de políticas públicas necesitamos cuando la convivencia entre humanos y no humanos forma parte estable de la vida cotidiana?

Porque los animales no están al margen de la ciudad. Están en los hogares, en los barrios, en los parques, en las calles, en las zonas periurbanas, en los entornos rurales, en las colonias felinas, en los centros de protección animal, en las familias vulnerables que conviven con ellos, en las situaciones de emergencia y en los conflictos vecinales que muchas veces aparecen cuando no existen planificación, mediación o recursos suficientes.

Esta realidad no puede seguir tratándose como un asunto secundario o periférico dentro de la gestión municipal. La presencia creciente de animales en nuestras sociedades afecta a los servicios públicos, a la convivencia ciudadana, al diseño de los espacios urbanos, a la educación comunitaria, a la sostenibilidad, a la seguridad, a los servicios sociales, a la contratación pública y a la coordinación entre administraciones.

Desde esta perspectiva, la responsabilidad animal no es solo una cuestión de sensibilidad individual. Es una dimensión emergente de las políticas públicas contemporáneas.

Las administraciones públicas, especialmente las locales, se encuentran ante un cambio de escenario. Ya no basta con responder cuando aparece el problema: cuando un animal es abandonado, cuando un centro está saturado, cuando una colonia felina genera conflicto, cuando una entidad protectora está desbordada o cuando la ciudadanía exige una solución urgente. Ese modelo reactivo llega tarde, desgasta a los equipos técnicos, sobrecarga a las entidades sociales y suele generar respuestas fragmentadas, costosas y poco eficaces.

Lo que necesitamos es pasar de la reacción a la planificación. Y planificar significa incorporar la responsabilidad animal a las agendas municipales, a las estructuras administrativas, a los presupuestos, a los planes estratégicos, a las ordenanzas, a los contratos públicos, a los protocolos de actuación y a los sistemas de evaluación. Significa entender que la protección animal no puede depender únicamente de la buena voluntad de asociaciones, voluntariado, personas cuidadoras o profesionales comprometidos, porque la buena voluntad es imprescindible, pero no puede sustituir a la responsabilidad institucional.

La identificación con microchip, la gestión de colonias felinas y los centros de protección animal muestran claramente que la responsabilidad animal no puede abordarse desde actuaciones aisladas. La identificación es esencial para garantizar trazabilidad, prevenir el abandono y disponer de datos fiables para planificar. Las colonias felinas requieren programas municipales estructurados, con censo, CEVR, atención veterinaria, formación, coordinación y gestión de conflictos. Y los centros de protección animal deben dejar de funcionar únicamente como espacios de recogida para integrarse en un sistema más amplio de prevención, adopción, acogida, coordinación y evaluación. En todos los casos, el reto no es solo atender animales, sino construir políticas públicas capaces de anticiparse, ordenar recursos y mejorar la convivencia.

Pero la responsabilidad animal aplicada va todavía más allá. Si humanos y no humanos convivimos en los mismos entornos, las ciudades deben empezar a incorporar esta realidad en su propio diseño. Esto implica pensar en espacios públicos más respetuosos con la convivencia interespecie, en zonas verdes gestionadas de forma responsable, en campañas educativas continuadas, en protocolos de actuación para policía local y servicios municipales, en planes de emergencia que incluyan a los animales, en programas de apoyo para personas en situación de vulnerabilidad que conviven con animales y en mecanismos de mediación cuando aparecen tensiones comunitarias.

La ciudad no es solo un espacio humano. Es un espacio compartido. Aceptar esta idea no significa idealizar la convivencia ni negar los conflictos. Al contrario, significa reconocer que los conflictos existen precisamente porque compartimos territorio, afectos, recursos, normas y responsabilidades. Por eso, las políticas públicas de responsabilidad animal deben ser capaces de integrar la dimensión ética, social, ambiental, jurídica y administrativa de esta realidad.

La Ley 7/2023 ha abierto un nuevo marco normativo, pero las leyes necesitan estructuras que las hagan posibles. Necesitan administraciones preparadas, personal formado, servicios coordinados, presupuestos suficientes y metodologías de intervención que permitan pasar del cumplimiento formal a la transformación real de las prácticas públicas.

Como socióloga y consultora especializada en responsabilidad animal aplicada, considero que estos datos marcan un punto de inflexión. La sociedad española ya ha cambiado su forma de mirar a los animales. La convivencia con ellos forma parte de la vida cotidiana de millones de personas. Las entidades de protección animal llevan años sosteniendo situaciones complejas. Las personas cuidadoras de colonias felinas han asumido responsabilidades que muchas veces no han sido suficientemente reconocidas. Y las administraciones públicas se enfrentan ahora a un reto que ya no puede aplazarse.

La responsabilidad animal debe incorporarse de manera estructural a las agendas públicas, a los planes municipales, a los presupuestos, a la planificación urbana, a la formación de los equipos técnicos, a la contratación pública, a los protocolos de emergencia, a la educación ciudadana y a la forma en que pensamos la convivencia.

Más de 15 millones de animales registrados no son solo una cifra. Son la expresión de una transformación social que exige una respuesta pública a la altura. Y si, además, sabemos que muchos animales pueden quedar fuera de los registros por falta de identificación, la necesidad de actuar es todavía más evidente.

La responsabilidad animal aplicada no es una política de futuro, sino una necesidad del presente. Allí donde conviven humanos y no humanos, las administraciones públicas tienen la obligación de diseñar políticas capaces de cuidar, prevenir, coordinar y transformar. No se trata únicamente de gestionar animales perdidos o abandonados; se trata de reconocer que nuestras ciudades y municipios ya son espacios de convivencia interespecie y que esa realidad debe formar parte de la planificación pública.

La protección animal ya no puede permanecer en los márgenes de la política municipal. Debe ocupar el lugar que le corresponde dentro de una gestión pública moderna, ética, preventiva y conectada con la realidad social.

Porque la responsabilidad animal ya no es un tema periférico. Es una política pública emergente. Y ha llegado el momento de desarrollarla como tal.

Fuentes consultadas